La Ruta de Alejandro a EEUU: memorias de una travesía que no debe olvidarse
- Ayrton Monsalve (Brújula News)
- hace 2 días
- 7 Min. de lectura

La Ruta de Alejandro a los Estados Unidos es una investigación testimonial y periodística desarrollada por La TV Calle que documenta la travesía real de un joven migrante venezolano a través de siete países, desde Venezuela hasta Estados Unidos. El relato se construye desde la voz del protagonista, cuya identidad fue protegida bajo el nombre ficticio de Alejandro Berríos. Tenía veintiún años cuando inició el recorrido.
El documento registra treinta y cuatro días de desplazamiento forzado marcados por el hambre, la extorsión, el miedo, la pérdida, la solidaridad y la resistencia. No se trata de una historia excepcional. Es el rostro humano de una de las crisis migratorias más grandes del continente.
Migrar como expulsión
Alejandro no salió de Venezuela por aventura. Salió porque quedarse dejó de ser una opción. Vivía en Valencia, había sido bartender, conductor, repartidor. Trabajaba sin descanso y no lograba estabilizarse. Su precariedad no era individual, era estructural. Comprendió que su futuro estaba bloqueado en su propio país.
El 28 de agosto de 2023 tomó un autobús desde el Big Low Center, en Valencia. Llevaba dinero escondido en el zapato, una mochila ligera y la certeza de que no había marcha atrás.
Venezuela, Colombia y la antesala del Darién
Cruzó por San Cristóbal, San Antonio del Táchira y el puente Simón Bolívar hacia Cúcuta. Desde ese punto comenzó la lógica de la clandestinidad, el cambio informal de divisas, las extorsiones veladas, el tránsito vigilado.
Desde Cúcuta llegó a Bucaramanga y luego a Necoclí, donde la migración deja de ser tránsito humano para convertirse en economía criminal. Allí los guías controlan la ruta y cobran entre 300 y 350 dólares. Conocieron a Mateo, el guía que organizó su ingreso al Darién.
En Necoclí Alejandro regaló casi toda su ropa a niños del pueblo. Preparó su bolso, sus latas de atún y su carpa. Sabía que no volvería a ser el mismo después de la selva.
El Darién: donde la ley desaparece
El 1 de septiembre de 2023 ingresó al Tapón del Darién. Caminó durante días entre piedras, ríos caudalosos, pendientes imposibles y selva cerrada. Perdió sus cédulas venezolanas al cruzar un canal profundo. Vio cuerpos de migrantes muertos. Encontró niños abandonados. Escuchó gritos de alerta por secuestros.
El miedo dejó de ser una idea. Se volvió una presencia física. La selva no es solo geografía. Es un territorio sin derechos.
Tras salir del Darién llegó a Bajo Chiquito, luego a Lajas Blancas, donde abordó una piragua hacia Costa Rica. Allí comió por primera vez con verdadera hambre. Logró reunir dinero por remesas familiares y siguió avanzando.
Cruzó Costa Rica, Nicaragua, Honduras y Guatemala entre pasos ilegales, hombres armados, pagos clandestinos, permisos dudosos, terminales repletos de migrantes, caminatas nocturnas y extorsiones policiales. En Guatemala recorrió la carretera CA-2 de pueblo en pueblo hasta llegar a Tecún Umán, donde el cruce hacia México se hace por el río Suchiate en balsas improvisadas.
Al cruzar el río, hubo un intento de robo. El exfuncionario que viajaba con él detectó que el balsero intentaba desviarlos. Lograron evitar el asalto. Así entró Alejandro a México. Sin alivio. Sin garantías.
La llegada a México no marca el fin de los peligros, sino el inicio de un nuevo tipo de riesgo, caracterizado por el control policial, la extorsión sistemática y la dependencia absoluta del transporte informal.
En Ciudad Hidalgo se incorporan a las “convys”, camionetas sobrecargadas que operan como principal medio de movilidad migrante. Alejandro constata que mientras caminan suelen ser ignorados, pero cuando son vistos dentro de una convy, la persecución se activa. Bajo el discurso del combate a la trata de personas, se producen requisas, bajadas forzadas y cobros ilegales. Los conductores trabajan por tramos y, ante cualquier retén, obligan a los migrantes a descender sin reclamo.
Con el dinero casi agotado, su hermana vuelve a convertirse en soporte clave. A través de un venezolano que recibe transferencias por Zelle, logra reunir cerca de 300 dólares en pesos mexicanos, evitando las restricciones de OXXO. Con ese monto enfrenta un dilema decisivo: avanzar pueblo a pueblo o intentar un autobús directo a Ciudad de México. Optan por el autobús nocturno, pero el plan fracasa en Mapastepec, donde migración obliga a descender a todos los migrantes. Desde allí, el avance vuelve a ser fragmentado, a pie y en convys.
Alejandro llega a Tapachula sin señal, con apenas 100 dólares. Paga una habitación compartida, se baña, cambia su apariencia y se afeita para intentar pasar desapercibido. El 11 de septiembre inicia una caminata por una carretera desolada. Nadie quiere transportarlos. Les plantean solo dos opciones: regresar a Tapachula o quedarse allí. Eligen quedarse. Alejandro duerme en la calle, pegado a la pared de un local, atrapado en la angustia de no poder avanzar.
Tras horas de caminata logran llegar a Pijijiapan y luego intentan avanzar hacia Tonalá mediante un conductor que acepta 20 dólares por persona, pero los abandona a mitad de camino. Caminan casi cuatro horas hasta que un hombre en una pickup los auxilia por veinte minutos. El alivio es momentáneo: los deja antes de un control policial.
Desde allí el avance se convierte en una secuencia repetida de caminatas bajo el sol y pagos a motorizados que cobran 200 pesos por tramos. En Tonalá constatan que estas motos operan como una red organizada que lucra con la vulnerabilidad migrante.
Llegan de noche a Arriaga en medio del temor por relatos de narcos y secuestros. El contraste es brutal: el pueblo celebra una feria con música y juegos mecánicos.
Alejandro cena pan, jamón y mayonesa de un OXXO. Esa noche descubre que su cuerpo ha colapsado por el estrés: sufre una dermatitis con ampollas en la axila, que él mismo revienta para poder continuar.
El 12 de septiembre intentan seguir rumbo a Ciudad de México, pero la primera convy del día es detenida tras pocos kilómetros. El dinero vuelve a agotarse en Zanatepec, Oaxaca. Allí, el exfuncionario que los acompaña contacta a un hombre que ofrece un autobús hacia Juchitán por 60 dólares por persona. La espera es larga, bajo el sol, tendidos en la plaza. El autobús finalmente llega. En cada control militar los oficiales suben, conversan con el chofer, reciben dinero y permiten que el viaje continúe.
Llegan a Juchitán de Zaragoza en la noche, sin conexiones hacia Oaxaca ni Ciudad de México. Duermen sobre cartones. Al día siguiente toman un autobús hacia Oaxaca capital. Por primera vez el ambiente es menos hostil. Desde allí reciben la indicación de moverse hacia otro terminal para abordar el bus definitivo a la capital del país. El 14 de septiembre, tras semanas de ruta, Alejandro llega finalmente a Ciudad de México.
La llegada no representa alivio pleno. El grupo original se divide. Solo siguen Alejandro y su amigo. Vuelve a activar su red de apoyo familiar mediante una nueva remesa para pagar una posada. En Ciudad de México entra en una nueva fase de espera marcada por la aplicación CBP One, requisito impuesto por el gobierno de Estados Unidos para solicitar citas de ingreso por la frontera. La app solo funcionaba por geolocalización desde ciertas zonas de México, forzando a los migrantes a permanecer en el país sin garantías.
Entre el 14 y el 21 de septiembre, Alejandro se hospeda en hostales cada vez más económicos, esperando una cita que nunca llega. La ansiedad se acumula. El 23 de septiembre recibe un mensaje de un amigo que ya cruzó a Estados Unidos por Eagle Pass. Ese día visita la Basílica de la Virgen de Guadalupe, ora en silencio y se alimenta únicamente con tortas de jamón del Chavo, símbolo emocional de su infancia. Esa misma noche toma la decisión definitiva de salir hacia el tren.
Junto a su amigo y un hombre de San Cristóbal apodado “el gocho”, salen de Ciudad de México en metro y taxi rumbo a Huetoca, Estado de México, punto conocido por la salida de trenes al norte. Allí descubren que el tren ya no se detiene en el antiguo punto del “basurero”, sino más adelante. Poco a poco se concentran decenas de migrantes junto a las vías. Tras horas de espera y varios trenes que pasan a gran velocidad, uno reduce la marcha a las 2:30 a.m. Casi cien personas corren tras los vagones. Alejandro logra subirse en medio de la oscuridad, tras perder de vista momentáneamente a su amigo.
El 24 de septiembre llegan a Irapuato, Guanajuato, al punto conocido como el “puente de la Coca-Cola”. Allí descubren que por orden del gobierno mexicano los trenes ya no se detienen. Permanecen ocultos hasta la madrugada del 27. Tras varios intentos frustrados, un tren más descargado les permite subir. Se refugian dentro de un container, con un frío intenso pero decididos a continuar.
Ese tren los lleva hasta Torreón, Coahuila, donde llegan la noche del 28 de septiembre, durmiendo sobre bloques de concreto en un vagón de carga. En una iglesia cristiana reciben algo de agua y comida. Allí escuchan el mensaje que reanuda la carrera final: “Llegó el tren que va a Piedras Negras, corre”. Suben de madrugada al tren rumbo al norte, esta vez en un vagón vacío y descubierto.
En medio del trayecto, migración mexicana ordena separar la locomotora de los vagones. Durante tres horas permanecen a la intemperie bajo un frío extremo de desierto. Alejandro describe ese momento como el frío más brutal de su vida. Se niegan a bajar porque saben que quien desciende es devuelto al sur. El propio maquinista intercede para que el tren continúe.
El 30 de septiembre llegan finalmente a Piedras Negras, Coahuila. El tren los deja en un patio ferroviario, a cuatro horas a pie del Río Bravo. Inician la caminata final con extrema cautela. Se percibe el flujo constante de migrantes dirigiéndose al mismo destino. Alejandro y su compañero se lanzan al río, nadando rápido para evitar ser capturados. Al tocar suelo estadounidense, ven aparecer a las fuerzas de seguridad del lado mexicano. Cruzan apenas minutos antes de una posible detención.
Ya en Estados Unidos, Alejandro envía un mensaje a su familia anunciando que se entregará. Agentes de la patrulla fronteriza cortan los alambres para permitir que los migrantes se entreguen ordenadamente. Son trasladados al centro de procesamiento. El 1 de octubre permanece bajo custodia. El 2 de octubre, un oficial de migración le explica su situación legal, las fechas de audiencia y los requisitos ante ICE. Cuando recibe por primera vez sus documentos, Alejandro llora desbordado: siente que recupera una identidad.
Tras su liberación, recibe el mensaje de que su amigo también fue liberado. Él viaja en autobús a San Antonio por 25 dólares, donde se reencuentran. El 3 de octubre vuela a Orlando, donde su hermana lo espera con globos de bienvenida. El reencuentro familiar marca simbólicamente el cierre de la travesía.
La historia concluye situando a Alejandro en su nueva etapa como padre. Aunque ha alcanzado una aparente estabilidad, sigue viviendo bajo la incertidumbre migratoria. Su historia es presentada como una pieza de memoria histórica que denuncia la ausencia de corredores humanitarios reales, la normalización de la violencia institucional y la dimensión humana del éxodo venezolano.
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