Arte confiscado, guardias escuchando: padres describen medidas para reprimir las historias de los niños en el centro de detención de Dilley
- ProPublica
- hace 2 días
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Por McKenzie Funk y Mica Rosenberg (ProPublica)
Detenidos dicen que les confiscaron materiales de arte durante inspecciones, que perdieron acceso a Gmail y que los guardias se colocaban tan cerca que podían escuchar las videollamadas. El gobierno y la empresa que opera el centro lo niegan.

Cuando los guardias aparecieron en febrero fuera del dormitorio que Christian Hinojosa compartía con su hijo y otras mujeres y sus niños en el centro de detención de inmigrantes en Dilley, Texas, ella intuyó lo que podrían estar buscando. Se puso rápidamente una abultada chaqueta de invierno y deslizó un sobre manila en su interior. “Gracias a Dios, estaba fresco”, dijo. El abrigo no despertó sospechas.
Luego, contó, le ordenaron salir del cuarto mientras entre ocho a diez guardias de seguridad levantaban colchones, abrían cajones y revolvían papeles. El sobre contenía trabajos de arte de niños acerca de la vida en el único centro de detención familiar de inmigrantes en Estados Unidos: un complejo de remolques y dormitorios en una zona de matorrales al sur de San Antonio. Hinojosa planeaba compartir esas cartas con el mundo exterior.
Los guardias han confiscado crayones, lápices de colores y papel de dibujo durante inspecciones recientes en los dormitorios de Dilley, según Hinojosa y otras tres detenidas, así como abogados y defensores en contacto con las familias dentro.
Los guardias también se han llevado los trabajos de arte de los niños, dijeron, incluso el dibujo de una niña de las modernas muñecas Bratz.
Mencionaron que han perdido el acceso a su correo de Gmail y a otros servicios de Google en la biblioteca de Dilley en medio de registros intensos, confiscaciones y restricciones a las comunicaciones, lo que dificulta más el contacto con abogados y defensores.
Detenidos y familiares dijeron que, en ocasiones, los guardias se colocan lo suficientemente cerca como para escuchar las videollamadas con parientes y reporteros.
“¡Muchos niños estamos secuestrados ayuda!”
Detenidos y otros entrevistados para esta historia dijeron que las medidas se endurecieron después del 22 de enero, tras la llegada de Liam Conejo Ramos, un niño de 5 años con un gorro azul de conejito. Su detención generó protestas y visitas de congresistas. Según contaron, la represión en Dilley aumentó a medida que los niños y sus madres escribían cartas para compartir con el público y la prensa, y los familiares grababan videollamadas con los detenidos, incluidas las que ProPublica publicó en febrero. Las historias de los niños, muchas contadas con sus propias palabras, avivaron la indignación por el alcance de la campaña de deportaciones en la administración del presidente Donald Trump, que había prometido centrarse en los criminales.
Detenidos dijeron que cuanto más trataban de hacerse escuchar, más difícil se volvía.
Una madre, que pidió el anonimato porque su caso migratorio sigue pendiente, le dijo a ProPublica que a finales de enero ella y sus tres hijos observaron desde una ventana cómo los guardias registraron su dormitorio, quitando los dibujos de las paredes y metiendo los lápices de colores y los crayones en bolsas de plástico antes de llevárselos.
Con pocas clases disponibles en Dilley y un clima demasiado frío para que los niños quisieran jugar al aire libre, dibujar había sido su principal diversión, dijo la mujer exdetenida. “¿Qué iban a hacer ahora?”, expresó. “Estaban aburridos”.
Después de la inspección en el dormitorio, agregó, los niños “lloraron, lloraron, lloraron”.
“No puedo ver a mi mascota Willi”
CoreCivic, la empresa penitenciaria privada que opera el centro de detención de Dilley bajo contrato con el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés), respondió a ProPublica por escrito que las inspecciones en las áreas residenciales son una práctica común y que los detenidos son informados de los artículos permitidos en sus habitaciones.
“Negamos categóricamente cualquier afirmación de que nuestro personal haya confiscado o destruido los trabajos de arte personales de los niños o sus materiales relacionados”, reza su declaración, en la que añade que hay ejemplos de dibujos de niños “exhibidos con orgullo” por toda la instalación.
El Departamento de Seguridad Nacional (DHS, por sus siglas en inglés), que supervisa al ICE, señaló en un comunicado: “ICE no está destruyendo las cartas de los niños”. La agencia reconoció que, en un caso, “todos los documentos escritos que había en una celda fueron confiscados” como parte de una investigación de una madre que, según el DHS, se negó a cooperar en una inspección y empujó a un empleado del centro de detención. CoreCivic remitió al DHS las preguntas sobre este incidente. ProPublica no pudo contactar a la madre para obtener su versión.
La semana pasada, el DHS emitió comunicados de prensa para señalar que estaba “corrigiendo la información” sobre Dilley. “Los adultos con niños son alojados en instalaciones que garantizan su seguridad y atención médica”, declaró. El DHS y CoreCivic no respondieron a ProPublica sobre el bloqueo de servicios de Google, tampoco si los guardias escuchaban las llamadas de los detenidos.
El representante estadounidense Joaquín Castro, demócrata por Texas, visitó Dilley por primera vez después de que Liam y su padre, ambos originarios de Ecuador, fueran detenidos en Minnesota y transferidos en enero. Volvió a ir en febrero y, en una rueda de prensa, se le preguntó sobre los reportes de supresión de cartas y dibujos elaborados por los niños.
“Yo creo esas historias, porque yo mismo he escuchado historias similares”, dijo Castro.
En repetidas ocasiones, añadió, le habían contado de las advertencias que los guardias les hacían a los detenidos para que no hablaran con él. “Sí, yo creo que hay mucho secretismo allí”, afirmó.
El DHS no respondió cuando se le preguntó sobre las aseveraciones de Castro sobre los guardias. Un portavoz de CoreCivic dijo: “No tenemos conocimiento de ningún miembro del personal que haya advertido a los detenidos que no hablaran con el representante Castro”.
“Aquí me siento aburrida”
El Centro de Procesamiento de Inmigración de Dilley comenzó a funcionar en la administración de Barack Obama, con el propósito de retener a familias que acababan de cruzar la frontera. Luego, en 2021, el presidente Joe Biden puso fin a la práctica de detener a familias. El presidente Trump la restableció, aun cuando los cruces fronterizos de migrantes han caído a niveles récord en su segundo mandato.
Las familias pasan sus días tras un cerco metálico, duermen en cuartos con seis literas y un área común con algunas mesas y pequeños escritorios. Más de 3,500 personas han pasado por este centro de detención desde que el gobierno de Trump comenzó a enviar a las familias aquí en la primavera pasada.
Una reportera de ProPublica que había estado conversando con familias de Dilley desde finales del año pasado, visitó el centro en persona a mediados de enero y les preguntó si sus hijos querrían escribir sobre sus experiencias. El 22 de enero, recibimos un paquete con dibujos coloridos y cartas a mano que nos mandó una persona recién liberada. Posteriormente publicamos el material.
Luego, el 24 de enero, decenas de internos organizaron una protesta masiva en el patio, fotografiada desde arriba, donde los detenidos gritaron “libertad” y levantaron carteles hechos a mano. Carteles elaborados con materiales de arte del centro de detención, según contaron personas que estuvieron ahí.
Esa protesta y la detención de Liam desencadenaron una gran cobertura mediática y la visita de Castro, quien llegó el 28 de enero. Simpatizantes se congregaron afuera de Dilley y algunos se enfrentaron con policías estatales. A inicios de febrero, Liam y su padre fueron liberados y ProPublica publicó las cartas de los niños que había recibido. Para ese momento, los detenidos ya tenían claro que sus voces —sobre todo las de los niños— habían captado una gran atención pública.
Siguieron escribiendo.
“Estuvimos buscando ayuda”, dijo Hinojosa, quien recopiló las cartas a pedido de ProPublica. “Ahora es cuando nos han escuchado”.
Después de cuatro meses en Dilley, Hinojosa y su hijo de 13 años, Gustavo, ambos originarios de México, salieron libres a comienzos de febrero y volvieron a su hogar en San Antonio. (Aunque un acuerdo legal de la década de 1990 establece que, por lo general, los niños no deben permanecer detenidos por más de 20 días, el DHS ha declarado que este acuerdo debe rescindirse porque las nuevas regulaciones abordan las necesidades de los niños detenidos).
“Mis papás dicen que han sido 4 meses pero para mí y mi hermanita es como un año”, escribió una niña de 9 años en una de las cartas que Hinojosa recopiló, “yo sola quiero entrar a estados unidos para reunirme con mis abuelos y por fin terminar con tota esta pesadilla”.
“Hago esta carta para que mi historia sea escuchada por ustedes”, escribió otro niño de 7 años. “Nesesito que nos ayuden… Lloro mucho quiero salir de aquí volve a mi escuela”.
“Nos tratan como si fuéramos criminales”, escribió Edison, un estudiante de séptimo grado en Chicago nacido en Guatemala. “Y no lo somos”.
“No somos delincuentes”
CoreCivic dijo que a los residentes en Dilley les entregan por escrito una descripción de los objetos que pueden tener en las áreas privadas, y que decorar los dormitorios con artículos personales está permitido “siempre que no representen un riesgo para la salud o la seguridad”.
Exdetenidas contaron a ProPublica que antes de enero sí experimentaron inspecciones en sus dormitorios, pero, en general, solo entraban dos empleados a la vez, no ocho o más.
Después de que los guardias revisaron su dormitorio, Hinojosa dijo que ni ella ni las otras residentes pudieron encontrar los lápices de colores, comprados en la tiendita del centro de detención y guardados en un pequeño vaso sobre la mesa donde a los niños les gustaba dibujar. “Sabiendo que nosotros pagamos por ellos, ellos nos los quitaban”.
“Hubo muchas muchas familias (a las) que les habían botado los lápices y lo que crearon los niños”, dijo una tercera madre, quien también pidió anonimato debido a su situación migratoria.
“Quiero terminar con… esta pesadilla”
Detenidos y familiares describieron una vigilancia estrecha por parte de los guardias durante las llamadas a sus casas, algunas las hacían desde las tabletas en un área común.
Edison, el estudiante del séptimo grado en Chicago que tiene 13 años, lloró durante una reciente videollamada que su padre compartió con ProPublica, en la que le decía que se sentía encerrado.
El padre, quien pidió no revelar el apellido de su hijo, recordó que antes de que comenzara la grabación el niño le dijo: “Papá, aquí hay un agente y nos está viendo”. En su voz, describió, se notaba el pánico.
La madre que dijo haber visto a los guardias arrasar su dormitorio, contó a ProPublica que después de la protesta de enero en Dilley, media docena de guardias se apostaron en el cuarto donde ellas hacían las llamadas. “Cada vez que alguien entraba a hacer una llamada”, dijo, “prácticamente se paraban detrás de ti”.
Mientras las familias retenidas en Dilley siguen tratando de hacerse escuchar, Hinojosa y otras detenidas recién liberadas están decididas a ayudar.
Hinojosa protegió con cuidado las cartas y los dibujos de sus compañeras antes de quedar libre. Cada vez que salía de su dormitorio, se ponía la abultada chaqueta gris proporcionada por CoreCivic y las resguardaba ahí.
“Cargaba con ellas todo el día para evitar que me las quitaran”, dijo a ProPublica. “Sabía que eran algo valioso”.
Muchas de las piezas eran diferentes a los coloridos dibujos que ProPublica recibió en enero. Con la escasez de papel, dijo Hinojosa, los niños dibujaron en el reverso de los viejos dibujos. Como ahora faltan crayones y lápices de colores, algunos hicieron sus dibujos con un lápiz normal.
Hinojosa salió de Dilley a inicios de febrero con su hijo Gustavo y con 34 páginas de dibujos y cartas. En estos documentos han quedado capturados los nombres y las vidas de decenas de personas.
Junto con las largas notas de las madres que siguen recluidas hay bocetos sencillos de los niños que están detenidos con ellas. Un osito de peluche. Un autobús volviendo a casa. Un gato llamado Willi. Una familia de tres figuras de palitos atrapada detrás de una cerca de alambre. Una familia de seis figuras de palitos atrapada detrás de una cerca de alambre. Una sola figura pequeña de palitos atrapada detrás de una cerca de alambre. Muchos de los dibujos muestran rostros, la mayoría con el ceño fruncido.
“Me quiero ir”
Gabriel Sandoval contribuyó con la investigación. Traducción por Wendy Selene Pérez.
*Pinche aquí para leer el texto original.
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