La guerra contra la humanidad
- Los Ángeles Press
- 17 abr
- 11 Min. de lectura
Por Antonio Rosales (Los Ángeles Press)
La guerra trasciende lo bélico: atraviesa poder, trauma, economía y desigualdad, configurando una ofensiva histórica contra la humanidad.

Los Quizás no exista ficción más engañosa, extendida y duradera que la paz. Posiblemente, para poder gravitar en algo parecido a lo que se considera una vida “tranquila” y “normal”, necesitamos de esa ilusión, de ese espejismo, para no vivir en un permanente estado de ansiedad, miedo, desesperanza, inquietud, desagrado, nerviosismo, enojo y tristeza.
Sin embargo, en este 2026, esos indolentes y rústicos entes cegados por el privilegio y el hambre de dinero y poder, que displicentemente llamamos gobernantes, parecen empeñados en sumirnos, justamente, en ese estado de pánico, furia o inconformidad colectivas. En menos de tres meses, la guerra ha acaparado internacionalmente la agenda mediática, política, cultural y social, así como el inconsciente colectivo. Desde luego, nos referimos a lo ocurrido con Venezuela en enero pasado; el estallido de un conflicto bélico contra Irán (cuyas consecuencias y alcances están en curso, y aún desconocemos hasta dónde lleguen) desde hace unas semanas; la posibilidad de otros, en ciernes o en curso, en Cuba y otras regiones de América Latina.
Desde luego, este incendio global, o estado de guerra, no se limita a 2026 ni al continente americano. Una gran mayoría de la población mundial y de los corporativos mediáticos parece olvidar que Israel y Palestina sobreviven en un interminable estado de guerra, caos, zozobra y terror desde mediados del siglo XX, con un saldo de muertos, heridos y desplazados incalculable, y que va mucho más allá del recrudecimiento del conflicto desde 2023. Esto no significa necesariamente posicionarse a favor de ningún bando: solo subrayar el derramamiento de sangre que se vive en esa región del mundo.
El martirologio se vuelve descorazonador e infinito si pensamos en las víctimas de la guerra entre Rusia y Ucrania, así como las guerras, guerrillas y genocidios que asolan constantemente el continente africano, que, además de subsistir entre la hambruna y la miseria, padece el azote de grupos paramilitares (cuyo origen suele estar allende sus fronteras), así como la indiferencia, indolencia e invisibilización de los mass media occidentales y de la mayor parte del mundo… ¿Racismo? ¿Clasismo? ¿Pigmentocracia? ¿La imposición y consenso de un silencio global conveniente para mantener el caos y la inestabilidad necesarios, que faciliten el despojo, la expoliación, la explotación y el saqueo de población y recursos? No pensemos mal, por favor. Para evitar ser llamados “teóricos de la conspiración” o “comunistas” por los grandes líderes neoesclavistas de nuestro tiempo, o por las buenas conciencias imperialistas, neocolonialistas y neoliberales, mejor evitemos la especulación.
En este artículo, si bien se hace referencia a genocidios, guerras, conflictos y figuras del presente inmediato y del pasado medianamente reciente, en realidad no se pretende indagar o centrarse en alguno en específico, ni responsabilizar o culpar, única o exclusivamente, a los ya mencionados u otros que, en el transcurso de esta lectura y según el país y contexto de cada lector, se puedan inferir. No solo porque cada uno merecería un texto y análisis aparte, sino porque limitarnos a la personalización de las responsabilidades nos haría fijarnos solamente en el árbol y nos impediría ver todo el bosque. Desde luego, es importante y necesario que, como periodistas y como sociedad, señalemos con nombre y apellido las incongruencias, mentiras, abusos, corrupción e injusticias que perpetran esos seres que se creen los amos del mundo, porque no hacerlo no solo sería complacencia y conformismo, sino una forma de darles nuestro ignominioso consentimiento para que sigan haciendo con la humanidad lo que les venga en gana. Pero creer que Donald Trump o Benjamín Netanyahu (por poner los primeros que vienen a la mente, aunque usted puede poner otros políticos que combinen más con su opinión y contexto) son todo el problema, o el único problema, resulta no solo ingenuo o inocente, sino profundamente limitado.
Resulta más provechoso, aunque tal vez más difícil, reconocer que muchos de nosotros, quizás la mayoría, hemos vivido inmersos en un ensueño, una hipnosis colectiva, una ilusión que nos hace pensar que hemos estado en un mundo de paz, estabilidad, armonía, justicia y prosperidad. Como dijimos al inicio, este espejismo nos brinda confort y estabilidad emocional, y también suele resultar útil a los gobiernos de todo el mundo, pues un pueblo, un sector socioeconómico o una generación entera que cree que está bien —por más que las evidencias tangibles le indiquen lo contrario— no tiene la necesidad de protestar ni rebelarse. No obstante, momentos de profunda crisis mundial como el que transitamos deberían sacudirnos y hacernos reflexionar sobre lo que sería evidente si no tuviéramos el cerebro tan bien lavado desde diferentes y muy variados frentes: existe, desde tiempos inmemoriales, una guerra contra la humanidad.
La guerra contra la humanidad es multifactorial, multidireccional, multiforme, variable, mundial… Se expresa no solo en los conflictos armados como tal, sino también en la destrucción de los animales, de la naturaleza, del medio ambiente, de la salud (física y psicológica), de la economía de las mayorías, de los derechos humanos y laborales, de la educación, del arte, de la cultura, del conocimiento, de la sabiduría, de las relaciones (amorosas, sexuales, familiares, de amistad), de la vivienda, de las comunidades originarias, de la alimentación, de la infancia, de nuestras capacidades cognitivas, de las libertades de expresión, tránsito y pensamiento, y del derecho que todos deberíamos poder ejercer: tener una vida digna, plena, libre, sana y feliz.
No le estoy hablando necesariamente de ninguna teoría de la conspiración, ni de ningún grupo, secta o élite en específico, ni de ningún secreto de Estado o información confidencial, ni de ninguna ideología o grupo político, ni de nada mágico, sobrenatural, místico, ocultista o espectacular. Vamos, ni siquiera de un caso, o algunos casos, en particular. Seguramente le vendrán muchos a la mente, pero, nuevamente, lo dejo a su criterio.
Quiero enfocarme más bien en un patrón que suele repetirse, una y otra vez, a lo largo de la historia humana, en todos los países, culturas, sociedades (o la gran mayoría, al menos): un eterno, insaciable, permanente y constante deseo de destrucción, abuso y muerte por parte de muchos (o tal vez todos) los que suelen gobernar, a lo largo de la historia. Evidentemente, no todos, porque existen algunas contadas excepciones, pero sí muchos de los que suelen tener el poder y control de las mayorías. Y ojo aquí, que no me refiero solamente a quienes detentan las altas esferas del poder político, sino también a quienes tienen todo el poder, control y dinero a nivel nacional, internacional y global, desde la economía, las finanzas, la banca, las instituciones religiosas, los grandes conglomerados mediáticos, los multimillonarios de la tecnología o la intelectualidad, y que son otras formas de ejercer el poder a nivel mundial.
¿Qué lleva a los gobernantes, y a todas esas figuras de poder e influencia, a esa obsesión de dominación, acumulación desmedida y sangre? ¿Por qué, en demasiados casos, no pueden tener un mínimo de empatía, compasión, misericordia, sensibilidad y humanidad, ya no solo por los seres humanos de otra nación, sino por sus propios gobernados? ¿Será acaso que se vuelve una adicción, en la que resulta imposible parar? ¿Será acaso que la ausencia de carencias en lo material impide crear o distinguir límites en lo ético y lo moral? ¿Será que, cuando se observa todo desde una altura tan desproporcionada, es inevitable pensar en quienes estamos abajo como hormiguitas que es necesario aplastar para poder caminar y avanzar?
En ocasiones, imagino que estos intocables y nosotros (el resto de la humanidad) somos como los personajes del capítulo “Child’s Play” de la serie británica Hammer House of Mystery and Suspense (también conocida en Estados Unidos como Fox Mystery Theater), producida en 1984. En el episodio vemos a una familia que, sin explicación alguna y de repente, no puede salir de su casa y, en sus intentos de salir, atraviesa toda clase de peligros físicos y problemas extraños, igualmente inexplicables. Todo el capítulo está lleno de misterio y terror psicológico, y uno podría pensar que se trata de algo sobrenatural, fantasmagórico, o bien, de una metáfora surrealista, al estilo de El ángel exterminador de Luis Buñuel. Pero no: al final vemos que la familia, que creíamos humana durante todo el episodio, en realidad son muñecos tipo Barbie y Ken atrapados en su respectiva casa de muñecas, víctimas de los juegos, jaloneos, destrozos y experimentos de una niña y su hermano, que la molesta. ¿Somos eso, para esta gente? ¿Muñecos con los que se puede experimentar, jugar, manipular, tirar, desechar y destrozar sin preocupación alguna?
Desconozco qué puede atravesar por la mente de todos aquellos poderosos que patrocinan, instigan, organizan, provocan, alientan, desean y ordenan cualquier forma de destrucción masiva humana, cuya máxima expresión (que no la única) es lo bélico. No solo porque cualquier aproximación resultaría especulativa, sino porque lo más fácil y rápido sería lanzarles la etiqueta de “psicópatas”, o decir que vivimos en una especie de “psicopatocracia” global, dichos que algunos comunicadores y usuarios de redes sociales han planteado no pocas veces. Antaño suscribía al pie de la letra estas ideas.
Sin embargo, he empezado a cuestionarme también muchas de las etiquetas y conceptos de la psiquiatría y la psicología, a raíz de mis lecturas, entre otros, del escritor Thomas Szasz, que ha cuestionado diversos conceptos de ambas disciplinas. Además, los psicópatas son seres deshumanizados que son perfectamente conscientes del daño que causan y, si bien algunos de esos poderosos indudablemente encajan con el perfil, no estoy seguro —tal vez ingenuamente— de que todos ellos sean conscientes del daño que hacen. Creo, más bien, que el privilegio, el poder, la codicia y el odio pueden cegar tanto a algunos de ellos, que ni siquiera se dan cuenta de todo lo que se llevan por delante para lograr sus fines.
Muy pocas veces, en lengua hispana y en América Latina, por no decir prácticamente nunca, se menciona a la terapeuta y escritora Alice Miller, a la psicohistoria (no confundir con la “psicohistoria” de uno de los libros de Isaac Asimov) y al psicohistoriador estadounidense Lloyd deMause. Alice Miller dedicó gran parte de su obra al estudio, análisis y concientización sobre el enorme daño, en lo individual y en lo colectivo, del maltrato contra los niños. Sus estudios sobre la infancia de diferentes figuras públicas, como Hitler o Milosevic, han ayudado a comprender sus traumas de infancia. Por su parte, de acuerdo con el portal Spanish Psychological Databases, la psicohistoria, fundada por Lloyd deMause, es el “campo de estudio interdisciplinario que busca comprender el pasado y el presente de las sociedades humanas mediante la aplicación de teorías psicológicas, principalmente derivadas del psicoanálisis, a la investigación histórica”.
De acuerdo con su enfoque, factores históricos como las guerras, precisamente, pueden verse como motivaciones inconscientes y traumas psicológicos originados en la infancia. Y cabría preguntarnos: ¿cuántos de estos poderosos son niños heridos, traumatizados, profundamente lastimados psicológicamente? Cuando intentan destruir a la humanidad, ¿qué intentan demostrar, y a quién? ¿Están tratando de llenar sus propias expectativas, o tratan de cumplir las expectativas de alguna figura de su infancia? ¿Están tratando de compensar algo de lo que se sintieron carentes en la niñez, o de vengarse de algo ocurrido en esa etapa? ¿Están descargando contra la humanidad el odio reprimido que sienten hacia las figuras de autoridad que los traumatizaron?
Obviamente, esta posibilidad no los exime de su responsabilidad, o culpabilidad, como los adultos que ya son. Y este planteamiento no es una sugerencia a empatizar con su crueldad. Más bien, es una invitación a preguntarnos: ¿por qué estamos permitiendo que destruyan el mundo un grupo de personajes que, además de concentrar el poder y la riqueza a niveles extremos por generaciones, tienen profundos problemas psicológicos y heridas emocionales que terminan descargando sobre todos los que gobiernan? Y esto no solo es para referirnos al poder político, sino también a muchos de los grandes magnates del poder económico, financiero y bancario, que suelen ser los aliados o patrocinadores de los gobernantes.
Porque sí: también detrás de esta obsesión con la destrucción, de esta eterna guerra contra la humanidad, hay además un enfermizo deseo de seguir acumulando dinero, poder, más riqueza a manos llenas, como si no hubiera otro propósito en la vida, mientras la abrumadora mayoría apenas ve cómo poder sobrevivir cada día. Los grandes políticos, empresarios, especuladores, financieros e inversionistas que están en lo más alto de las élites, que en su mayoría ven la economía como un juego de casino, no ven las guerras como las tragedias que son, sino como una oportunidad para incrementar sus fortunas.
Simplemente preguntémonos: ¿cuánto ganan las compañías petroleras cuando se disparan los precios del petróleo, como ahora con la guerra en Irán? ¿Cuánto aumentan las ganancias de las compañías armamentísticas, las empresas de seguridad? Y finalmente, ¿cuánto ganan las grandes inmobiliarias, y en general todas las trasnacionales, cuando llega el momento de la reconstrucción? Observemos eso cada vez que se desata un conflicto bélico, y he ahí el porqué de que, una vez que se empieza, aunque el resto de la población padezca las consecuencias de las formas más terribles, los señores de la guerra no quieren parar. “El objetivo es tener una guerra interminable, no una guerra exitosa”, declaraba en 2011 Julian Assange, fundador de WikiLeaks, respecto a la guerra en Afganistán, pero habría que preguntarnos si eso no se aplica a otros conflictos, en diferentes épocas, alrededor del mundo.
Si bien decir todo esto abiertamente hoy día podría resultar una obviedad, de la que muchos ya son cada vez más conscientes y que ya cualquiera puede soltar en redes sociales, no era así hace noventa y un años. Uno de los primeros en exponerlo claramente fue el general estadounidense Smedley D. Butler, quien reconoció haber sido “un gánster del capitalismo”. Butler fue el oficial más activo durante las llamadas “Guerras Bananeras” (1898-1934) contra México, Centroamérica y el Caribe, por lo cual recibió medallas al Honor y al Valor por su desempeño en Veracruz y en Haití, respectivamente. La vida del general estuvo llena de triunfos y condecoraciones militares, pero también de controversias, como cuando en 1934 señaló el intento de una conspiración entre magnates y políticos (llamada públicamente Business Plot) para derrocar al presidente Franklin D. Roosevelt; experiencia que le hizo ser objeto de campañas de ridiculización por parte de medios como Time, y que fue llevada al cine en Amsterdam, aunque mezclada con ficción.
Sin embargo, en 1935 llegó a más y escribió su libro War Is a Racket (La guerra es una estafa). No era una denuncia de una guerra en particular, sino más bien la visión que ahora tenía de todas las guerras, tras reflexionar sobre el contexto mundial y su propia trayectoria militar. El inicio de su texto es provocador, y debió serlo mucho más en el momento de su publicación: “La guerra es una estafa. Siempre lo ha sido. Posiblemente es el tipo de estafa más antiguo, sobradamente el más lucrativo, seguramente el más perverso (...) Se realiza para beneficio de los muy pocos a expensas de los muchos. Gracias a la guerra, un pequeño número de personas amasa fortunas enormes”.
Aunque brevísimo, cada línea del libro fulmina como un disparo directo al corazón de la hipocresía en que suelen envolverse los conflictos bélicos. Smedley no escatimó en franqueza, y más adelante continúa: “¿Cuántos de estos millonarios de la guerra portaron un fusil sobre sus hombros? ¿Cuántos de ellos cavaron una trinchera? ¿Cuántos de ellos supieron lo que significó padecer hambre en un refugio subterráneo infestado de ratas? ¿Cuántos de ellos pasaron noches de miedo y desvelo, evadiendo los bombardeos, las esquirlas y las balas de las ametralladoras? (...) ¿Cuántos de ellos resultaron heridos o perecieron en el campo de batalla?”.
Smedley escribió esas palabras después del horror que dejó la Primera Guerra Mundial, y percibiendo, como comenta, que las potencias ya se estaban preparando para más guerras. Pero noventa y un años después, las palabras del general suenan muy actuales y es inevitable verlas como un espejo no solo de la coyuntura, sino de guerras anteriores que han marcado a la humanidad. Como dije previamente, es muy limitado personalizar la cuestión. Son muchos, demasiados, los poderosos a los que les podría quedar el saco, en el presente, en el pasado y en todos los países. Y esto no es nuevo. La pregunta sería: ¿por qué tenemos tan normalizado que las mayorías somos sacrificables? ¿No deberíamos empezar a cuestionarnos por qué valoramos tan poco nuestras vidas, que no nos importa que unos pocos decidan sacrificarnos a unos muchos? ¿Por qué el dinero sobra cuando se trata de guerras, pero siempre falta cuando se trata de servicios públicos? ¿Por qué hay tanta eficiencia para matar, pero tan poca para acabar con el hambre y la miseria del mundo?
Con esto no le estoy proponiendo rebelión alguna contra nada, ni nadie (no soy quién, ni líder de nada), ni mucho menos ese pacifismo utópico y altermundista al estilo de la canción Imagine de John Lennon, en el que todos los ejércitos y armas se destruyan o se disuelvan, y todos los ciudadanos del mundo nos tomemos de las manos en un paraíso de felicidad perpetua. Sería ingenuo y algo imposible de llevar a la práctica. Simplemente le invito a cuestionar (ayer, hoy, mañana y siempre) más, mucho más, las decisiones que toman los poderosos de todo el mundo, y a que se haga la siguiente pregunta, siempre: ¿hasta cuándo, hasta dónde y por qué están dispuestos a llegar? ¿Y hasta cuándo, hasta dónde y por qué estamos dispuestos a permitir que lleguen?
*Pincha aquí para leer el texto original.
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