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Un mar que arde en silencio: el derrame del Golfo de México

  • Los Ángeles Press
  • hace 17 horas
  • 4 Min. de lectura

Por Diego Gastélum (Los Ángeles Press)


Una tortuga muerta en Playa Tortugas, Veracruz, el 18 de marzo de 2026. Foto: LA Press (Red Corredor Arrecifal del Golfo de México).
Una tortuga muerta en Playa Tortugas, Veracruz, el 18 de marzo de 2026. Foto: LA Press (Red Corredor Arrecifal del Golfo de México).

En la costa norte de Veracruz, el petróleo no llega como una marea espectacular ni como una mancha visible desde el aire. Llega en fragmentos: bolas de chapopote adheridas a la arena, manchas oscuras entre raíces de manglar, cuerpos sin vida de tortugas y delfines. Llega, sobre todo, como una negación.


Desde mediados de marzo, un derrame petrolero sin origen confirmado se ha extendido a lo largo de al menos 630 kilómetros de litoral —prácticamente la totalidad del Corredor Arrecifal del Suroeste del Golfo de México—, afectando ecosistemas clave y comunidades costeras que dependen de ellos.


La versión oficial y la realidad en tierra


El 19 de marzo, Petróleos Mexicanos (Pemex) aseguró que las labores de limpieza presentaban un avance del 85%. Pero esa cifra se disuelve al contrastarse con los reportes de campo.


De acuerdo con la Red Corredor Arrecifal del Golfo de México —una articulación de comunidades, científicos y organizaciones—, al menos 26 sitios contaminados no han recibido ningún tipo de atención institucional. En otros, la limpieza ha recaído en brigadas comunitarias sin equipo adecuado ni capacitación.


En total, se han documentado 51 puntos con presencia de hidrocarburos: 42 en Veracruz y 9 en Tabasco. La dispersión no es homogénea, pero sí persistente. Incluso en playas donde ya se habían realizado labores de limpieza, el petróleo ha vuelto a aparecer, impulsado por corrientes y frentes fríos recientes.


La selección de zonas atendidas tampoco es neutral. Las acciones se han concentrado en playas con valor turístico, mientras que áreas ecológicamente críticas —como manglares y costas remotas— permanecen expuestas.


El ecosistema invisible


El impacto más grave podría no estar en la superficie.


Bajo el agua, el Corredor Arrecifal alberga al menos 125 arrecifes coralinos y rocosos cuya condición actual sigue sin evaluarse. Estos ecosistemas sostienen la biodiversidad marina y el sustento de aproximadamente 16 mil familias pesqueras.


La ausencia de información no es menor: sin monitoreo, no hay diagnóstico; sin diagnóstico, no hay reparación.


A esto se suma el riesgo de respuestas técnicas inadecuadas. Especialistas han advertido sobre el uso de dispersores químicos, una práctica que puede agravar el daño al afectar organismos bentónicos y especies vulnerables como corales, moluscos y mamíferos marinos.


Cuerpos como evidencia


Hasta ahora, el saldo visible incluye al menos siete tortugas marinas, dos delfines, dos manatíes y un pelícano afectados por hidrocarburos, la mayoría encontrados sin vida.


El momento agrava el escenario: el derrame coincide con el inicio de la temporada de anidación de cinco especies de tortugas —todas en peligro de extinción— en las playas del Golfo.


En la Laguna del Ostión, los manglares —rojo, negro y blanco— ya muestran signos de contaminación. Este ecosistema no solo alberga especies protegidas como el cangrejo azul, sino que también funciona como barrera natural contra tormentas y como criadero de múltiples especies.


Comunidades en primera línea


Mientras las cifras oficiales hablan de avances, las comunidades hablan de pérdidas.


Desde hace semanas, la pesca se ha detenido en varios puntos. Prestadores de servicios turísticos anticipan una temporada vacacional devastada. Y quienes han participado en la limpieza lo han hecho sin protección frente a sustancias altamente tóxicas.


Los hidrocarburos aromáticos policíclicos presentes en el petróleo están asociados con efectos que van desde alteraciones inmunológicas hasta procesos carcinogénicos. La exposición —por contacto, inhalación o consumo— representa un riesgo sanitario que hasta ahora no ha sido atendido con protocolos claros.


A pesar de ello, no hay indemnizaciones. Los apoyos existentes, denuncian organizaciones, no compensan las pérdidas económicas ni los riesgos asumidos.


Un origen incierto, una responsabilidad difusa


Tres semanas después de los primeros reportes, las autoridades no han identificado el origen del derrame.


Se ha mencionado la posibilidad de una fuga en un barco, pero sin confirmación. Otra hipótesis apunta a un derrame detectado en febrero en la bahía de Campeche, cuyos efectos, según modelos científicos, podrían alcanzar las costas de Veracruz y Tamaulipas en cuestión de semanas.


La falta de claridad tiene consecuencias legales y operativas: sin fuente identificada, no hay responsables sancionados ni garantías de que el flujo de hidrocarburos haya cesado.


Una historia que se repite


El Golfo de México no es ajeno a estos episodios. Desde el derrame del Ixtoc I el 3 de junio de 1979 hasta Deepwater Horizon el 20 de abril de 2010, la región ha sido escenario de desastres que combinan fallas técnicas, opacidad institucional y daños prolongados. Un análisis histórico citado en el boletín documenta al menos 30 eventos de pérdida de control en pozos petroleros entre 1886 y 2024.



El mapa del desastre


En el mapa incluido en la página 5 del documento, se observa la extensión del derrame a lo largo de la costa del Golfo, con decenas de puntos marcados donde se ha reportado presencia de chapopote. La visualización muestra no solo la amplitud geográfica del evento, sino también la fragmentación de las acciones de limpieza: sitios sin atención, zonas intervenidas por comunidades y áreas con participación de Pemex.


Es, en esencia, un mapa de la desigualdad ambiental.


El mapa fue construido por parte de la Red Corredor Arrecifal del Golfo de México junto con las comunidades y colectivos afectados para informar sobre la situación del derrame y las necesidades comunitarias.



Lo que sigue


Organizaciones y comunidades han emitido un llamado urgente: declarar emergencia ambiental, suspender actividades petroleras en la zona, transparentar información, implementar estudios de riesgo y garantizar la restauración de los ecosistemas.


Pero también hay una exigencia más profunda: replantear el modelo energético que convierte al Golfo en una zona de sacrificio.


*Lea aquí el comunicado de prensa de Greenpeace & pinche aquí para ver el texto original.



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