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¿Cómo es la vida de las mujeres que sobreviven a la mutilación genital femenina (MGF)?

  • ONU
  • hace 3 horas
  • 7 Min. de lectura

Supervivientes y activistas de Kenya explican las razones por las que la justicia sigue fallando a las mujeres y niñas



“Es importante sin duda poner a las y los perpetradores a disposición judicial”, afirma Catherine Mootian, superviviente de mutilación genital femenina (MGF) en Kenya y directora de AfyAfrica, una ONG que trabaja para acabar con esta práctica. “Pero ¿qué pasa con la niña a la que mutilaron? ¿Quién apoya su sanación, su educación, su futuro?”.


Para millones de mujeres y niñas, la mera prohibición de la MGF no es justicia. Justicia significa tener la posibilidad de sanar, de acceder a protección, terapia y apoyo social y de exigir responsabilidad a las y los agresores. Con demasiada frecuencia, esa justicia se les deniega.


Rara vez se habla de la vida después de la mutilación genital femenina. El daño no termina cuando se mutila a las mujeres y niñas. Para muchas supervivientes, la lucha por la justicia y la protección apenas comienza ahí.


¿Por qué es importante la actitud de los hombres para acabar con la MGF?


En muchas comunidades, las niñas continúan sometiéndose a la MGF, no porque crean en esta práctica, sino porque el hecho de negarse puede significar la exclusión del matrimonio, la protección y la pertenencia social. Cuando ser “casadera” depende de la mutilación, las leyes por sí solas no bastan para proteger a las niñas, y la justicia permanece fuera de su alcance.


Aquí es donde la actitud de los hombres resulta decisiva. Tony Mwebia, director de la organización Men End FGM, con sede en Kenya, afirma que no es posible entender esta práctica (ni erradicarla) sin enfrentarse directamente a las expectativas de los hombres.


“Los hombres no son meros espectadores”, explica. “Son quienes se espera que se casen con ellas. Negocian la dote. Deciden lo que es aceptable. Si los hombres siguen esperando que se mutile a las mujeres, la práctica continuará aunque sea ilegal”.


Según Mwebia, muchos hombres se oponen a la MGF en principio, pero guardan silencio en la práctica.


“Los jóvenes dirán que no apoyan la MGF, pero cuando llega el momento del matrimonio, la presión familiar se impone. Los padres se niegan a entregar ganado. Los ancianos insisten en la tradición. El silencio se convierte en anuencia”. 


Campañas como la de Men End FGM se enfrentan a una de las fuerzas más poderosas que mantienen viva la MGF: la creencia de que una mujer debe sufrir la ablación para ser aceptada, respetada y también para poder casarse. Al rechazar públicamente esta expectativa, los hombres pueden ayudar a acabar con la presión social que hace que esta práctica parezca inevitable para muchas jóvenes y niñas.


Si la MGF está prohibida en muchos países, ¿por qué las niñas no están todavía a salvo?


La prohibición de la MGF en Kenya lleva en vigor más de un decenio. Sin embargo, su aplicación sigue siendo desigual, sobre todo en las comunidades donde la presión social es elevada.


“La MGF sigue ahí, una amenaza de arresto no sirve de mucho”, añade. “Si persisten los incentivos sociales, las familias encontrarán formas de eludir la ley: practicando la ablación en secreto, cruzando las fronteras o presionando a las niñas para que se sometan”.


Por qué muchas niñas no pueden negarse a la MGF


En muchas comunidades, negarse a la MGF no es una opción.


“Cuando el matrimonio determina la supervivencia –social y económica–, negarse no es una opción real”, afirma Mwebia. “Eso no es consentimiento, sino coacción”.


Mootian lo sabe de primera mano. Fue mutilada a los 12 años en la comunidad masái de Kenya, a pesar de proceder de una familia culta: su padre era médico.


“Nos tendieron una emboscada. Nos despertaron a las 3 de la mañana; había hombres en nuestra habitación”, recuerda. “No se nos explicó nada. Nos dijeron que nos ducháramos con agua fría. Enseguida nos dimos cuenta de que se habían apoderado de los bisturís. Y sí... nos mutilaron”. 


La MGF tiene consecuencias para toda la vida


Lo que siguió no fue un único momento traumático, sino decenios de silencio, vergüenza y autocensura.


“En la escuela, las niñas hablaban con orgullo de su ablación: eso significaba que te consideraban una mujer”, continúa Mootian. “Pero yo no decía nada. Me escondía. Vivía con miedo y vergüenza”. 


A medida que crecía, el trauma persistía.


“El acontecimiento está siempre vivo en nuestro recuerdo”, añade. “En la universidad, la primera pregunta de los hombres solía ser si nos habían sometido a la ablación. Había muchos mitos, como que las mujeres que han sufrido la MGF no tienen sentimientos, que no son ‘normales’. No podía hablar de ello. Cargaba con algo que no sabía cómo nombrar”. 


Mwebia afirma que este silencio es lo que permite que persista la MGF, incluso ahí donde es ilegal.


“Existe una intersección entre los factores económicos y la presión social, y luego está toda esta idea de la cultura”, añade Mwebia. “Aunque los hombres jóvenes son más receptivos, muchos siguen viéndose acorralados, sienten que no tienen más remedio que ceder a la tradición”.


Para supervivientes como Mootian, los efectos físicos, emocionales y sociales de esa coacción persisten mucho después de la propia ablación.


“Todavía hoy, si veo sangre o un bisturí, mi cuerpo reacciona”, se estremece. “El trauma sigue ahí, bajo la superficie”.


Para muchas mujeres, las consecuencias resurgen en momentos clave de la vida, en sus relaciones o durante el embarazo y el parto.


“Dar a luz se convirtió en otro trauma”, prosigue Mootian. “A causa de la ablación, tuve que someterme a cesáreas. Para muchas otras mujeres, conlleva abortos espontáneos, casarse jóvenes y no volver nunca a la escuela”.


MGF: una emergencia de salud pública y una violación de los derechos humanos 


Un tema que suele estar ausente en las conversaciones sobre la MGF es que la supervivencia no está garantizada.


Un estudio realizado en 2023 en 15 países estimó que cada 12 minutos muere una niña a causa de la mutilación genital femenina. Estas muertes están relacionadas con complicaciones de salud inmediatas y a largo plazo asociadas a la práctica.


¿Cómo están cuestionando la MGF las supervivientes y los hombres?


En la actualidad, Mootian dirige AfyAfrica, una organización local de Narok fundada por supervivientes de MGF. Todo comenzó con una decisión personal.


“La primera persona a la que protegí fue mi hermana pequeña”, afirma. “Me prometí que ninguna otra chica de mi aldea pasaría por lo mismo que yo”. 


AfyAfrica crea espacios seguros en los que las supervivientes pueden hablar, a menudo por primera vez.


“Tardé 23 años en compartir mi historia”, explica Mootian. “Empecé a sanar cuando me di cuenta de que no estaba sola”.


Mediante el apoyo entre iguales, el asesoramiento y la participación de la comunidad, la organización trabaja para hacer frente a los daños que las leyes por sí solas no pueden combatir. Sin embargo, la mayoría de las supervivientes siguen sin poder acceder a algún apoyo.


“En mi condado contamos con tres psicólogos del gobierno y hay más de 500 supervivientes”, explica Mootian. “La mayoría de las mujeres carecen de acceso a terapia alguna”.


“Para que la justicia funcione para las mujeres, hemos de financiar intervenciones de apoyo que les permitan curarse”, afirma Mootian. “Las leyes importan, pero sin un financiamiento sostenido para asesoramiento, protección y recuperación, las supervivientes se ven obligadas a cargar con las consecuencias ellas solas”.


La participación de los hombres ha demostrado ser fundamental.


“Cuando los hombres entienden lo que realmente ocurre, que no hay marcha atrás, su actitud cambia”, señala. “Algunos se convierten en nuestros defensores. Alzan la voz y rechazan los mitos”.


Ese rechazo público es importante. Cambia las expectativas sociales y crea un margen para que las niñas se nieguen a someterse a la MGF sin ser castigadas.


Gambia: cuando el acceso a la justicia se pone a prueba


En Gambia, donde la MGF es ilegal desde 2015, las protecciones jurídicas de las que dependen las mujeres y niñas –y su acceso a la justicia– están siendo objeto de un ataque directo y sostenido. 


En 2024, hubo legisladores que intentaron derogar la prohibición de la MGF en el país, lo que provocó una preocupación generalizada entre las supervivientes, las organizaciones dedicadas a la defensa de los derechos de las mujeres y entidades internacionales aliadas. Aunque el parlamento votó finalmente a favor de mantener la prohibición, aquella iniciativa puso de manifiesto lo frágiles que pueden ser las protecciones jurídicas, incluso después de años de esfuerzos de lucha y progreso. En julio de 2024, ONU Mujeres, junto con otras entidades aliadas, acogió con agrado la decisión del parlamento de mantener la prohibición, algo que describió como una salvaguardia fundamental para los derechos de las niñas y las mujeres. Sin embargo, la posterior impugnación judicial ha puesto de manifiesto lo rápido que pueden ponerse en peligro esas salvaguardias.


El desafío no terminó ahí. En enero de 2026, un grupo de líderes religiosos y un diputado del parlamento de Gambia presentaron una demanda ante el Tribunal Supremo del país con el fin de anular la prohibición por vía judicial, con el argumento de que viola los derechos constitucionales y religiosos. El caso, que ha sido cubierto por The Guardian, se encuentra en curso.


Si se revocara la prohibición, las mujeres y niñas perderían la base jurídica en la que se apoyan para denunciar abusos, buscar protección y exigir responsabilidades a las personas responsables. El mensaje sería claro: la ley dejaría de estar de su lado. El acceso a la justicia no solo se debilitaría, sino que se les denegaría activamente en el momento en que más lo necesitan.


El caso de Gambia es un duro recordatorio de que el acceso a la justicia no depende solo de las leyes, sino de la voluntad de defenderlas. Cuando las protecciones se cuestionan o son derogadas, las mujeres y niñas sufren las consecuencias en sus cuerpos, en su futuro y en la posibilidad de buscar justicia.


Por qué ONU Mujeres es esencial para acabar con la MGF


La justicia, sostiene Mootian, no debe limitarse a imponer sanciones. 


“Sí, se puede encarcelar a quien practica la MGF, pero ¿después qué?”, dice. “Si queremos justicia, debemos asegurarnos de que se tenga en cuenta a ambas partes. Eso significa apoyo psicosocial, educación y el apoyo que las mujeres necesitan para sanar y alcanzar sus sueños”.


Aquí es donde ONU Mujeres desempeña un papel fundamental.


ONU Mujeres trabaja con los Gobiernos para establecer leyes que prohíban la MGF y protejan a las mujeres y niñas de esta práctica, así como para reforzar la normativa existente en este campo. Apoyamos a organizaciones de mujeres que proporcionan espacios seguros, protección y apoyo psicosocial a supervivientes y niñas en situación de riesgo. Además, ejercemos una presión sostenida –a escala nacional, regional y mundial– para garantizar que las protecciones que tanto ha costado conseguir se fortalezcan, en lugar de diluirse.


*Lea aquí el texto de ONU Mujeres.



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