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La mujer venezolana que inspira a una comunidad en Colombia por medio de la danza

  • ONU
  • hace 22 horas
  • 5 Min. de lectura

Por ONU



Bogotá, Colombia – En lo alto de las montañas de Ciudad Bolívar, donde el tejido urbano de Bogotá se une a las colinas rurales, Irvin Ibarra empieza su día mucho antes de que el sol se asome. Más de 700.000 personas viven en este barrio al sur de Bogotá, muchas de ellas en condiciones vulnerables. Para llegar a sus hogares deben transitar caminos sinuosos cuesta arriba o tomar un teleférico que empezó a operar hace apenas algunos años.  


A 2.800 metros por encima del nivel del mar, Irvin se levanta a las 4:00 a.m. Su gato la acompaña mientras prepara una arepa para su nieta y le ayuda a prepararse para la escuela. A las 5:20 a.m. la despide con un beso. Es entonces cuando comienza su segundo turno, como líder comunitaria, docente y mentora.


Esta venezolana de 59 años llegó a Colombia hace diez en busca de oportunidades. Con el tiempo, se convirtió en alguien que crea oportunidades para las demás personas. Por medio de la danza ha transformado las vidas de decenas de niños y adolescentes en su vecindario.  


Volver a empezar no fue fácil. Luego de que la escasez de comida se profundizara en Venezuela y de que ella perdiera su trabajo en Zulia, Irvin tomó la difícil decisión de irse. Colombia era una elección natural, pues se trataba de la tierra natal de su esposo. Él llegó primero. Como muchos migrantes de Venezuela, inicialmente se asentaron en Valledupar, en la costa caribeña de Colombia. 


Irvin logró sobrevivir allí gracias a la venta callejera de café. Una amiga le prestó dos termos que ella llenaba cada mañana. En Venezuela, había logrado desarrollar una vida profesional activa y estable. Trabajó como docente y entrenadora de fútbol y supervisó un equipo femenino de ventas para una empresa de joyas. El trabajo nunca había sido un asunton incierto para ella.  


“Llegar y tener que vender café en la calle fue complicado”, recuerda. “Pero yo necesitaba ganar lo suficiente para mantenerme y enviar dinero a casa para mis hijos, dos de los cuales todavía iban a la escuela en aquel momento”.  


Eventualmente encontró empleo como docente de Educación Física en una escuela local. Sin embargo, sus diplomas obtenidos en Venezuela no fueron reconocidos y tuvo que aceptar un salario más bajo que el de sus colegas.  Aun así, rechazó la idea de renunciar a su vocación. Formó equipos de fútbol para niños, niñas, adolescentes e incluso personas adultas. “Allí es donde yo planté la primera semilla”, cuenta.  


Madre de tres hijos, que ahora tienen 21, 27 y 32 años, y abuela de una joven de 14 a la cual considera su hija, Irvin gradualmente se reunió con su familia en Colombia.


Cuando su hijo mayor se mudó a Bogotá y empezó a estabilizarse, trajo al resto de la familia a la capital. Irvin ahora ha vivido en Ciudad Bolívar por más de cinco años.


Una tarde, mientras su hija y su hijo practicaban bailes de TikTok junto a unas vecinas, su hijo Riquervin le hizo una sugerencia. “Mamá, te gusta bailar y siempre estás ayudando a los niños y niñas. ¿Por qué no empiezas un grupo de danza?”


Irvin no lo dudó. “¡Hagámoslo!”, respondió. 


Lo que empezó con tres jóvenes bailando sobre una calle sin pavimentar enfrente de su casa fue creciendo con gran rapidez. Muy pronto fueron diez. De esa simple decisión nació la Familia Real, una escuela comunitaria de danza que ha impactado 55 adolescentes en los últimos cuatro años.


Luego llegó su primer festival. Lo ganaron. El premio –750.000 pesos colombianos (aproximadamente 200 dólares EE.UU.)– les permitió comprar tela para uniformes.

 

“Así fue como me di cuenta de que estábamos construyendo algo real”, relata.


Más de la mitad de sus estudiantes son migrantes. Un tercio llegó a Ciudad Bolívar después de haber escapado de la violencia en otras partes de Colombia. Cada tarde, al ritmo de música urbana, merengue, salsa choque y champeta, Irvin reúne al grupo. Las clases son gratuitas. El espacio es seguro. Las reglas son claras: respeto, disciplina y trabajo en equipo.


Al principio ensayaban afuera, en terreno arenoso. Más tarde Irvin consiguió una salón prestado en el Centro Obrero Juan Bosco, un centro de entrenamiento técnico local. El nuevo espacio ofrece privacidad y protección de la lluvia, y el espíritu sigue siendo el mismo.  


Después de la práctica muchos estudiantes se dirigen a una cocina comunitaria cercana para la cena. A eso de las 8:00 p.m., Irvin lleva a varios de ellos a su casa para asegurarse de que lleguen sanos y salvos. Los vecinos a veces bromean y dicen que ella se mueve por las calles como una madre gallina protectora, que va cuidando a sus pollitos. 


“Mis estudiantes viven otro mundo en este lugar”, dice Irvin. “Afuera deben enfrentar una realidad difícil, pero aquí pueden respirar”. Algunos llegan con la carga de los conflictos, la migración y las tensiones familiares. La danza se convierte en una forma de liberación. El movimiento se convierte en una terapia. Con el tiempo su postura cambia. Su confianza crece. “Ellos se dan cuenta que cuando los corrijo, es porque me importan”, dice ella.  


Sus propios hijos, que ahora viven en Chile, la han alentado a reunirse con ellos. Ella ha elegido quedarse. “Me quedo por estos chicos”, dice ella. “Creo en su talento”.  


Irvin sueña con ver a sus estudiantes representar a Colombia en el exterior. “Soy venezolana, pero me siento orgullosa de hacer un aporte en este lugar”, cuenta. “Si ellos son exitosos, entonces todo el vecindario tiene éxito”.  


El año pasado su trabajo se extendió mucho más allá de la danza. Se unió a un comité comunitario en el marco de un proyecto liderado por la Organización Internacional paras las Migraciones (OIM) y por otras agencias de Naciones Unidas. Junto con otros colegas líderes ella empezó a vislumbrar mejoras prácticas para Ciudad Bolívar.


Trabajando junto a la Oficina del Alcalde de Bogotá, el grupo ha desarrollado planes para hacer brigadas sanitarias, mejorar la recolección de residuos, cuidar los espacios compartidos y apoyar a pequeños negocios locales.  También ha propuesto intercambios culinarios y actividades culturales para fortalecer los lazos comunitarios.  


Para Irvin, estas iniciativas están estrechamente vinculadas a su trabajo con el grupo de danza. Las ve como parte de la misma responsabilidad. “Tiene que ver con el cuidado”, explica. “Cuidar el vecindario, abrir oportunidades y ocuparse de los niños y niñas que están creciendo en este lugar”.


Esta historia fue escrita por Adriana Correa Mazuera, Oficial de Comunicaciones de la OIM Colombia. 


*Pinche aquí para leer el texto original.



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